spot_imgspot_img

Torres Piña por los caminos de Michaocán.

Entre tantas encuestas que se han publicado en las últimas semanas, hay un dato que me parece más interesante que la clásica pregunta de quién va primero. AIMSA encontró que *69 por ciento de los michoacanos considera que Carlos Torres Piña conoce el estado*. En una entidad como Michoacán, eso no es un atributo menor. Aquí uno puede manejar dos horas y encontrarse con otra economía, otra forma de organización, otro paisaje y hasta otra manera de entender los problemas.

Basta ver lo que ocurre dentro de una sola región. En el Oriente está Maravatío, donde todavía hay familias que conservan oficios y conocimientos productivos que pasan de una generación a otra. En una de sus visitas, Torres Piña conoció de cerca la elaboración artesanal de las sillas de madera y todo lo que hay detrás de algo que cualquiera de nosotros ve terminado: seleccionar la madera, cortarla, darle forma, ensamblarla y saber cuándo cada pieza está lista. Un detalle aparentemente pequeño, pero que ayuda a entender algo más grande: el territorio no sólo se visita, también se aprende.

Y unos kilómetros más adelante la conversación cambia. En Zitácuaro puede sentarse con una productora de zarzamora y descubrir qué exige realmente ese cultivo, cómo se trabaja, qué cuidados requiere y cuánto conocimiento hay detrás de una fruta antes de verla en una caja. Después puede encontrarse con una comunidad donde las decisiones pasan por otras formas de organización. Eso explica por qué Michoacán no admite recetas generales. El Oriente mismo contiene varias realidades; imaginemos entonces lo que significa hablar del Bajío, la Ciénega-Chapala, la Meseta, Tierra Caliente o la Costa.

También hay algo que dicen los recorridos. Desde las primeras semanas de la ruta aparecieron más de 35 municipios y posteriormente las ocho regiones del estado, incluyendo lugares pequeños que normalmente tienen poco rendimiento mediático, como Tlazazalca, Huiramba, Angamacutiro o Churintzio. La importancia no está solamente en presumir kilómetros o sumar municipios. Está en construir una memoria concreta de personas, actividades, problemas y capacidades regionales. Ahí es donde una gira deja de ser una colección de fotografías y empieza a convertirse en conocimiento político.

Tal vez por eso ese *69 por ciento* merece más atención. Conocer Michoacán no significa saberse de memoria los 113 municipios ni haber pasado alguna vez por ellos. Significa entender que una decisión puede funcionar en Maravatío y no necesariamente en Jiquilpan; que lo que necesita una productora del Oriente no es idéntico a lo que enfrenta alguien de la Ciénega; y, sobre todo, saber que todavía hay cosas por preguntar. En un estado tan diverso como éste, quizá una de las mejores señales de que alguien lo conoce sea justamente que todavía tenga disposición para seguir aprendiendo.

Get in Touch

spot_imgspot_img

Artículos Relacionados

Ultimas Noticias